Las levas del Rey Caledan. Parte III
Los abanderados tocaron los cuernos de guerra, señal de que la batalla había empezado oficialmente. Como respuesta, desde el bosque, alguna bestia infernal profirió un alarido espeluznante, que hizo que se me erizara el pelo y un sudor frío me recorriese la espalda. Y entonces apreciaron. Del linde del bosque comenzó a brotar una marea monstruosa y el olor nauseabundo se acrecentó. Aquellas criaturas abismales comenzaron a correr hacia nosotros de forma desorganizada, enloquecida, apartándose unas a otras para ser las primeras en llegar a nosotros. Estaba claro que carecían de un plan de batalla, pero también estaba claro que nos superaban en número.
El sargento ordeno prepararnos. Adelanté mi pie derecho, y coloque el asta de la lanza apoyado en el, apuntando la punta hacia delante, a la altura de mi cabeza. Tal y como me habían enseñado. Me fije que la punta de mi lanza temblaba y me di cuenta de que todo yo era un mar de temblores. Los demonios seguían acercándose. Sus chillidos y gritos llegaban a nosotros. El sargento gritaba que aguantáramos. Un hombre de mi unidad soltó su lanza y salió corriendo de forma precipitada entre los soldados. Un oficial de infantería lo detuvo antes de que causara mas alboroto y desestabilizara la formación. Y con un rápido movimiento le clavo la espada directamente en el corazón. El infeliz murió en el acto. Una vez empezada la batalla la huida era considerada traición. Ajenos a todo esto los demonios seguían su precipitada carrera. Ya casi los teníamos encima. Una lluvia de flechas voló sobre nosotros en dirección a la horda. El sargento gritaba algo, pero yo no oía nada. Una de esas criaturas se abalanzo sobre mi lanza. Apreté los puños. Cerré los ojos. Pensé en mi esposa.
El impacto fue terrible, y aun no sé como conseguí mantenerme en pie. Cuando abrí los ojos vi que una de esas nauseabundas criaturas estaba ensartada en mi lanza, pero no estaba muerta. La criatura era más alta que un humano, por eso la lanza se le había clavado en el estomago. De su herida brotaba una sangre negra y pestilente que casi me hace vomitar. Su piel era verdosa, y llena de un pelo negro e hirsuto. Poseía cuatro brazos, dos de ellos acabados en garras y los otro dos en manos grotescamente grandes. Su rostro era achatado, casi se diría que aplastado, carecía de nariz, y su boca era una obertura de encías retraídas y colmillos desiguales. Sus ojos eran totalmente negros, como dos pozos de negrura insondable. Quede paralizado ante aquella visión de pesadilla. Momento que aprovecho el monstruo para intentar liberarse de mi lanza. Asió el asta con sus dos manos, y para mi sorpresa, en lugar de arrancársela de las entrañas, se la clavo aun más. Dio dos pasos hacia mí, y entonces vi sus dos garras, que intentaban alcanzarme. La enloquecida bestia prefería infringirse aun más daño si con ello conseguía matarme. Hasta tal punto llegaba el odio de los demonios hacia las gentes de la superficie. Ante aquel acto de locura solo pude retroceder. Lo hice rápidamente impulsado por el temor. Al retroceder conseguí sacar la lanza del estomago del demonio y arrebatársela de las manos. Esto fue debido a que mis manos, agarrotadas por el terror, aun asían con fuerza la lanza. Al verse libre del empalamiento el monstruo se abalanzó otra vez hacia mí. Aun a día de hoy no se qué fue lo que me empujo a alzar la lanza. Quizás fue el miedo, en acto reflejo de autoprotección, tal vez un momento de lucidez, o puede que simple casualidad. Pero alcé aquella lanza, que fue a clavarse en el cuello de la criatura. Rápidamente retire el arma, por miedo a que el demonio volviera a agarrar el mástil y me la arrebatase. Cuando la punta salió del cuello del enemigo un chorro de sangre negra emano incesante de la herida. La bestia se llevo las manos al cuello, e intento tomar bocanadas de aire. Cayo de rodillas, y con su último aliento intento golpearme con sus dos garras, pero por suerte con poco acierto. Yo, llevado por una febril locura inducida por el miedo, clave repetidas veces la lanza en el rostro y pecho de aquel demonio. Aun cuando este se derrumbo de bruces ante mi continúe ensartándolo, hasta que algo en el fondo de mi mente me dijo que ya estaba muerto.
Entonces alcé la vista y mire a mí alrededor. Y vi el caos. Los demonios habían conseguido romper nuestras líneas en su primer embate. La mayoría de campesinos habían muerto. Otros muchos yacían en el suelo, no sabía si estaban vivos o muertos. Algunos agonizaban en el suelo con terribles heridas y solo unos pocos continuaban luchando. Los campesinos habíamos cumplido nuestra parte, ser los primeros en caer. El resto del ejército seguía luchando. Vi a caballeros luchando contra varios demonios a la vez, despachándolos sin demasiado problema. Los hermanos silenciosos luchaban de forma metódica y eficiente. Aun así vi a muchos de nuestro bando muertos. Un caballero yacía inmóvil bajo su caballo, al que habían seccionado el cuello de un zarpazo. Los arqueros que no habían podido huir estaban tendidos allí donde habían caído. Oí un chillido a mis espaldas y al girarme una de esas criaturas saltaba hacia mí. Esta era más pequeña que la que me había atacado, pero no por ellos menos terrible. Su piel estaba llena de pústulas supurantes, y carecía de pelo. Eso es todo lo que pude ver, pues en el salto choco conmigo y me envió al suelo. El demonio quedo encima mío. Creí que mi final estaba cerca, y a diferencia de lo que la gente suele decir mi vida no desfilo ante mis ojos ni me invadieron los recuerdos. Aquella criatura era todo lo que ocupaba mi visión y mis pensamientos. Entonces algo choco con la criatura y la alejo de mí. Era uno de los hermanos de la Orden de la espada silenciosa, y me pareció ver un aura resplandeciente rodeando su figura, aunque quizás suele fuese una alucinación provocada por el golpe contra el suelo al caer y la terrible situación en la que me encontraba. El demonio volvió a levantarse, pero el sacerdote le propino una patada que lo devolvió al suelo, y rápidamente clavo su espada en el pecho de la criatura, matándola en el acto. Cortó entonces la cabeza y la recogió, introduciéndola en un saco que llevaba bien sujeto a la espalda.
Volvieron a sonar los cuernos de batalla. Mire hacia la llanura y vi que venía otra oleada de demonios. Recogí mi lanza y me situé en mi posición. Para mi sorpresa los que se pusieron a mi lado no eran campesinos, si no soldados profesionales, con sus petos de acero, sus cascos reglamentarios y sus picas, que hacían que mi lanza pareciera un juguete. Me miraron extrañado, como si no esperaran ver a un campesino que, después de haber sobrevivido a la primera oleada, se volviera a colocar en primera línea. El que tenía a mi derecha me miro, y con una voz desprovista de toda emoción me dijo que hiciera exactamente lo que dijera el capitán, que debía luchar como el resto de la unidad o los pondría en peligro a todos. Asentí con la cabeza, y espere estar a la altura. Los demonios se acercaban, y los soldados estaban quietos, con la mirada fija al frente. El capitán rugió una orden. ¡Fijad objetivo! Todos los soldaos apuntalaron la lanza, apoyada en el pie y, aunque no cambiaron su mirada, estaba seguro que tenían ya un objetivo de entre esos monstruos. Yo apuntale la lanza, y busque entre la gran masa de monstruos, para mi sorpresa y mi consternación, estos demonios no parecían tan desorganizados como la anterior carga. Parecían más humanos, aunque grotescamente retorcidos, y portaban armas ponzoñosas. Cuando los enemigos estaban ya a escasos centímetros de nuestras lanzas el capitán dio otra orden. ¡Ataque! Todos los soldados dieron un paso al frente mientras lanzaban una estocada con la pica, hice lo mismo, aunque con un segundo de retraso. Quede impresionado cuando todos los soldados consiguieron, al unísono, derribar a su enemigo de una estocada precisa. Pero más sorprendido quede cuando mi propia lanza se hundió en el pecho de uno de aquellos hombres deformes y como la punta atravesaba su pútrido cuerpo. ¡Paso atrás! todos dimos un paso atrás, esta vez casi no se noto la diferencia de movimiento entre los soldados y yo. Al dar un paso atrás nuestras picas quedaron libres y los enemigos se desplomaron. Pero había más demonios detrás. ¡Ataque! Se repitió la operación, paso al frente y estocada. ¡Paso atrás! Más enemigos muertos. ¡Ataque! y ¡Paso atrás! Los muertos entorpecían el avance de los demonios. La cuarta oleada detuvo su carga, viendo la suerte de los otros. El capitán no lo dudo ni un segundo y con un grito atronador dio la orden de carga. Todos los soldados salieron corriendo hacia delante, con la punta de la lanza a la altura del pecho de los enemigos. Yo hice lo propio, sin saber que haría una vez chocáramos con los enemigos y la formación se rompiese. Pero en aquellos instantes no me sentía como un campesino forzado a ir a la guerra.
Se produjo el choque, y mi lanza se clavo profundamente en la carne del demonio. Tire de mi arma y la libere. Pero antes de morir el demonio tuvo tiempo de asestar un golpe con su espada. Pude esquivarlo por poco, pero en mi torpe defensa interpuse el asta de la lanza en la trayectoria de la espada, y como es lógica la madera cedió y se rompió la lanza. Me encontraba desarmado, en una formación dispersa y rodeado de una cruenta batalla. Hasta aquí había llegado mi suerte. Algo me golpeo en el costado y sentí un dolor terrible recorrer todo mi cuerpo. Caí el suelo y vi como la sangre brotaba del terrible tajo que acababa de recibir. Una sombra me tapo el sol. Ante mi estaba uno de esos demonios, con la espada aun goteante de mi sangre. Alzo su arma para asestar el golpe final. Intente alejarme de él cómo pude, y en mí huida mi mano toco algo familiar, mire de reojo y vi el asta de una lanza. Agarre la madera, no sabía si era una lanza entera o un trozo roto. Pero era mi única esperanza. Lancé una estocada con lo que pensaba que era el extremo punzante. Y para mi suerte así fue. La punta de la pica se clavo en el estomago del demonio. Tuvo un momento de sorpresa al verse atacado por lo que creía una víctima fácil. Momento que aproveche para realizar otra estocada, está dirigida al pecho. Se derrumbo y murió. Pero yo aun no estaba a salvo, aunque había conseguido otra arma tenía una herida sangrante en el costado. Arranque parte de la túnica de un mago, que yacía muerto no lejos del lugar donde yo había matado al demonio, y tape la herida como pude, aunque sabía que eso no salvaría mi vida. Seguí luchando como pude, y recibí algunas heridas más, aunque no tan graves como la del costado. No sé cuánto tiempo paso, pero el sol estaba ya bastante alto cuando llegaron los gigantescos demonios.
La batalla estaba cambiando de rumbo. Se abrían espacios al ir cayendo los demonios y los hombres. El suelo estaba plagado de cadáveres y esto permitió avanzar a las bestias gigantes, tres veces más altas que el hombre más alto. Los soldados que quedaban se reorganizaban para acabar con esos gigantes infernales. Vi uno, no lejos de donde me encontraba, un demonio enorme, con dos poderosas piernas que aplastaban a los soldados, dos brazos terminados en garras enormes y lo más perturbador de todo, de donde debería haber estado el rostro surgía una especie de trompa, y a lo largo de este horrible apéndice surgían espinas de hueso afilado. El demonio zarandeaba su trompa y ensartaba a los soldados. El solo había acabado con más de un batallón, y pocos eran ya los que se atrevían a hacerle frente. Un caballero realizo una carga contra el inmenso demonio. Pero no consiguió golpearlo y el probóscide espinoso del monstruo golpeo al caballo, dejándolo herido mortalmente, y haciendo que el caballero cayese de la silla. Automáticamente salió un mago al encuentro del monstruo. Era un hechicero joven, e imberbe, no se adaptaba a la imagen que tenia de los magos, a los que siempre imagine con largas barbas y avanzada edad. Pero ahí estaba ese joven mago, haciendo frente el solo a un demonio de dimensiones desproporcionadas. Aunque empezó a tener problemas, ya que la bestia no paraba de lanzarle ataques, y el mago no podía hacer otra cosa que esquivar. Sin poder acabar de leer el pergamino que tenía en las manos el mago no podía hacer gran cosa contra el demonio.
Me di cuenta de que el demonio podía acabar con el mago en cualquier momento. Y no sé porque pensé en mi familia, y en que les podría pasar si una de esas bestias llegaba hasta ellos. Sabía que no podía vencer a aquel demonio, pero quizás si daba tiempo al mago este podría derrotarlo. Sujete mi lanza con fuerza, me encomendé a los dioses, y me lance a la carga contra el monstruo. Sabía que moriría, pero si con ello conseguía que ese demonio fuese derrotado y no alcanzase a mi familia habría valido la pena. Al fin y al cabo nos reclutaron para morir en lugar de soldados valiosos. El demonio no se percato de mi insignificante presencia hasta que la lanza impacto contra su cuerpo, rompiéndose al intentar penetrar la dura piel de la criatura. El demonio se giro hacia mí, tan inmenso como era me tapo toda la visión. Ese descomunal cuerpo seria lo último que vería en mi vida. Me agarro del brazo izquierdo, me alzo sobre el suelo, y me zarandeo. El dolor era irresistible, y chille, parecía un cochinillo el día de la matanza, y como tal seria descuartizado y devorado. Oí como algo se rompía, un dolor recorrió todo mi cuerpo y me di cuenta de que estaba volando, rápidamente, en dirección al suelo. Choque contra la hierba ensangrentada del campo de batalla, el golpe fue terrible y tarde unos segundos en ser consciente de mi situación. Al intentar levantarme volví a caer, y entonces fue cuando me di cuenta de que el motivo de verme libre de la presa del demonio era que, mi brazo izquierdo había desaparecido. El monstruo me había cortado el brazo a la altura del codo, quizás por una de sus púas, quizás por el zarandeo. Con la caída la herida del costado volvía a sangrar con profusión. Sentía que las fuerzas me abandonaban. Note un estallido de luz detrás de mí. Como pude me gire, y vi al enorme demonio rodeado de lo que parecía ser una red de relámpagos. Sin duda el mago había podido completar su hechizo. Veía que el demonio se retorcía de dolor mientras caía de rodillas y emitía un infernal bramido. Pero el hechizo ceso, y la bestia se disponía a levantarse para perseguir al hechicero. Pero no llego a hacerlo, mi visión se estaba volviendo borrosa, y notaba como la cabeza me daba vueltas. Pero vi una figura enfundada en una armadura, que trepo por la espalda del demonio y clavo su espada en la nuca de este. Entonces me desmaye.
Desperté tendido en el suelo, sobre una sabana. Mis heridas habían sido tratadas. La herida del costado estaba cosida y el muñón cerrado al fuego. Aun me dolía la cabeza. Intente incorporarme y me arrepentí al instante. Me dolía todo el cuerpo, como nunca me había dolido. Un sacerdote se me acerco al ver que estaba consciente. Me dio agua y me dijo que permaneciera tumbado hasta haber recuperado las fuerzas. Creo que estuve todo el día y la noche tumbado en aquella sabana. Pero después del reposo y de comer algo me sentía con más fuerzas. Así que al amanecer pude incorporarme y andar por mi propio pie, aunque con dificultad. El sacerdote me dijo que la batalla había acabado, habíamos vencido, y que podía volver a casa. Me dijo también que antes pasara por intendencia, le pregunte donde estaba eso y me señalo un pabellón, con una larga procesión de soldados entrando y saliendo. Me puse a la cola, bajo la mirada extrañada de los soldados. Y al cabo de dos horas entre por fin al pabellón. Allí dentro había una mesa, un oficial sentado frente a ella, fardos de comida y un cofre. El oficial me miro de hito a hito. Me pregunto mi nombre y cuál era mi unidad. Le dije mi nombre, y que pertenecía a las levas campesinas. El oficial me dijo que pocos campesinos habían sobrevivido a la batalla, y que de los supervivientes pocos llegarían a sus hogares por culpa de sus heridas. Podía sentirme afortunado por haber perdido solo un brazo. Me dijo que el Rey Caledan era generoso para los que luchaban en sus ejércitos, y que por haber luchado en esa batalla me correspondía una recompensa. La recompensa consistió en unas pocas raciones de comida y en una moneda de oro. Jamás en la vida había visto una moneda de oro. Recogí mi recompensa, y tras preguntar un poco emprendí el camino de vuelta a la capital junto a un nutrido grupo de soldados. El camino de vuelta fue más tranquilizador, pues ya no teníamos un temor atenazando nuestras almas.
Al llegar a Batar me adentre en la ciudad, que antes había estado vedada para mi, y comprobé que aunque sus murallas eran impresionantes su interior dejaba mucho que desear. Con excepción quizás del palacio real, que se divisaba en la parte más alta de la ciudad. Decidí gastar la fortuna que había ganado tras la batalla, al principio solo pretendía comprar un buey, que me ayudase en las tareas del campo ahora que había perdido un brazo, pero al final me deje ir, quien sabia cuando volvería a estar en la capital con tanto dinero para gastar. Así que compre un vestido precioso para mi mujer, para que lo luciera en la fiesta de la cosecha, también le compre uno de esos perfumes que usan las damas de la corte, y a los niños les compre juguetes nuevos. Para mi compre el buey, y en una locura de derroche, una carreta. Al final del día solo me quedaban cinco monedas de plata y tres de cobre. Más que suficiente para pasar una temporada. Y con la carreta, el buey, los regalos y una gran historia que contar me dirigí, por fin, a la seguridad de mi hogar.
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