Las levas del Rey Caledan. Parte I
Aun recuerdo el día en que todo empezó. Era un tórrido día de verano. Los hombres del pueblo estábamos atareados en reparar el molino del río, dado que la última tormenta había provocado una riada que rompió las palas.
Oímos los caballos mucho antes de que se divisaran por el camino. Era un grupo de veinte jinetes, caballeros novicios de la Orden de la Hidra. Reunieron en la plaza a todo el pueblo. Mostraron un pergamino, con lo que nos dijeron que era el sello real, y anunciaron que el Ejercito Demoniaco había penetrado la frontera norte del reino. Todos los presentes sabíamos lo que aquello significaba. Pero aun así se creó una gran consternación cuando los caballeros anunciaron, con toda la pompa que requieren esos anuncios, que se reclutaba a todo hombre en edad de combatir. Nos dieron cuatro horas para recoger aquello que quisiéramos llevarnos, despedirnos de nuestras familias y rezar a los dioses. Lamentablemente en el pueblo solo teníamos una pequeña capilla a Diosa de los campos, lo que no dio mucha paz espiritual ante los aciagos acontecimientos que se acercaban. Lo peor fue despedirme de mi familia. Intente confórtalos, decirles que no pasaría nada, que solo serian unos meses y que estaría de vuelta para la cosecha. Pero cuando mire a mi mujer vi en su mirada que ella esperaba lo peor.
Nos pusimos en marcha al mediodía, una larga fila de campesinos con fardos, escoltada por caballeros en brillantes armaduras. Una larga fila de padres, hijos y hermanos que dejaban su hogar, a sus familias, y que marchaban a la guerra. Escoltados por jóvenes caballeros fanáticos cuya mayor gloria seria morir en nombre de su Rey y su Orden. Campesinos y caballeros. Temerosos y valientes. De aquello se conformaba aquel desfile de hombres, que avanzaban sin descanso bajo el ardiente sol del verano.
Fueron cinco días de marcha hasta llegar al Gran Camino, que nos llevaría hasta Batar, la capital del reino. Donde, según nos habían contado los caballeros, nos reuniríamos con el resto del ejército para continuar hacia el norte. Al tercer día de viaje por el Gran Camino llegamos a Reüle, la ciudad de los templos, donde se nos permitió hacer un alto para rezar a dioses más apropiados que la Diosa de los Campos. Dos días después divisamos las murallas de Batar. Había oído, en las canciones que cantan los juglares que a veces aparecen por el pueblo, que las murallas de Batar eran impresionantes y brillantes, pero nada me había preparado para tanta belleza. Las murallas eran de piedra clara, adornando su superficie se veían mosaicos hechos con oro y plata. Me fije en uno especialmente, mostraba a un rey del pasado, del cual no sabía su nombre, enfrentándose a un dragón. El cuerpo del rey estaba hecho de plata, su armadura y armas de oro. El dragón era una figura inmensa hecha con una piedra azul muy brillante, y sus ojos eran de rubíes, que refulgían como el fuego a la luz del atardecer. Nos detuvimos a las puertas de la ciudad, unas puertas enormes de pesado metal, que resulto ser hierro recubierto de plata según me dijeron más tarde, y donde también se veían unos relieves hechos con oro, esmeraldas y rubíes, que representaban a dos reyes del pasado. Todo ellos causaba un sobrecogedor efecto, el ver unas puertas de plata y oro guardando una ciudad, protegida por una muralla de increíble belleza, hacía pensar que una vez pasadas las puertas entrarías en un paraíso de oro y joyas, donde a nadie le faltaría de nada y donde todo el mundo sería feliz. Una gran diferencia con el poblado de casas de madera, y suelo embarrado, donde tenías que pelear con el suelo en cada estación para arrancarle algo de alimento para llevar a tu familia.
No pude comprobar si el interior de la ciudad era tan hermoso como sus murallas, ya que nos acamparon al exterior de la ciudad y no se nos permitía entrar en ella. Pero por la gente que salía de ella, que vestía ropas bastante comunes, y por los olores, que eran todo menos refinados y perfumados, que provenían de la ciudad cuando el viento soplaba del oeste, pude deducir que el interior de la ciudad no era tan impresionante como sus murallas, y que su gente no vivía en un mar de abundancia.
Estuvimos allí acampados cuatro días mientras seguían llegando tropas, algunas entrenadas y otras levas campesinas como nosotros. En esos días nos dieron el equipamiento que llevaríamos en la batalla, que consistía en un simple peto de cuero, un gorro del mismo material y una lanza larga. Era eso todo lo que teníamos para sobrevivir a una horda de demonios. También nos dijeron cual sería nuestra posición en la batalla, nos dijeron que posiblemente fuese en primera fila, en un flanco, junto a las tropas de infantería armadas con alabardas. Nos instruyeron en las ordenes básicas de batalla y el uso de la lanza, pero sobretodo nos enseñaron a marchar, parecía que solo la marcha podría derrotar a los demonios viendo el énfasis que ponía el sargento de instrucción en ella.
La mañana en que partimos despertó con fanfarria de trompetas y gritos del gentío. El sargento nos ordeno que nos preparásemos para marchar, y cuando ya estábamos preparados en fila de cuatro los vimos salir por la puerta. Era una procesión de caballeros ataviados con sus mejores armaduras. Los yelmos no eran menos impresionantes, algunos estaban decorados con penachos de vivos colores, otros con figuras de animales y bestias y otros eran toda una máscara elaborada para asemejarse a algunas figuras de bestias míticas o animales. De las lanzas ondeaban un sinfín de estandartes, de las muchas regiones de las cuales se componía el reino, y de las muchas órdenes de paladines que habían acudido a la llamada del Rey Caledan. Todos ellos llevaban alguna flor o prenda, entregada por las damas de la ciudad a modo de despedida. A nosotros, las levas campesinas, ni nos habían dejado entrar en la ciudad, mucho menos habíamos recibido los ánimos y vítores de los ciudadanos. Solo teníamos nuestro peto de cuero, mas gastado de lo necesario, nuestro casco de piel, que era más molesto que útil, y nuestra lanza, la que apenas habíamos empezado a aprender a usar. Y por supuesto teníamos el recuerdo, el saber que teníamos un hogar al que volver, con esposa e hijos. Con campos que arar, y vidas tranquilas que vivir. Era aquello por lo que realmente luchábamos.
Mientras pensaba en mi hogar apareció en el centro de aquella formación la figura más majestuosa que se pueda imaginar. Con una armadura plateada que reflejaba la luz matutina en todas las direcciones. Con un yelmo coronado, la corona en si ya era esplendorosa, una cinta de oro que rodeaba el casco, de la cual brotaban cuatro puntas de plata, cada una con joyas engastadas, rubíes, esmeraldas, lapislázuli y amatistas. Creí entrever algo grabado en la armadura, pero la luz reflejada me cegaba y no supe ver que figura habían cincelado. Este jinete de ensueño montaba un caballo no menos impresionante. Una montura de un pelaje blanco impecable, y una crin casi plateada de lo blanca que era, a la que le habían hecho trenzas con hilo de oro. Su gualdrapa era de seda, de un rojo intenso, con el escudo real bordado a cada lado con seda blanca. También en blanco habían bordado filigranas decorativas. Todo el conjunto era, simplemente, impresionante.
Alguien de la formación comento que estaba emocionado por ver al rey. El sargento le mando callar, y comento, con su típico tono ofensivo, que unos andrajosos campesinos como nosotros no tendrían la suerte de ver al rey, que esa figura montada a caballo y con la lustrosa armadura no era el rey, si no el príncipe Itir, el tercer hijo del Rey Caledan. Me sentí un poco decepcionado, pero comprendí que el sargento tenía razón, solo éramos unos campesinos reclutados para luchar, para morir, en el ejercito del Rey Caledan, eso no nos daba derecho a ver a nuestro señor. Teníamos por delante seis semanas de marcha hacia el norte.
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