lunes, 18 de abril de 2011

Relato: Las levas del Rey Caledan. Parte II

Las levas del Rey Caledan. Parte II

Por el camino se nos unieron más tropas. La orden de las Espadas Silenciosas, una orden de clérigos guerreros que hacían voto de silencio hasta que llevaban al templo la cabeza de mil enemigos. Los Altos Magos de Arcania. Y más levas, más campesinos armados.
Pero no fue hasta la tercera semana que llegaron los elfos. Yo nunca había visto un elfo hasta la fecha, de hecho nunca había visto un no-humano. Ver las tropas elficas en marcha era un espectáculo en sí mismo. Todos con sus elaboradas armaduras rojas, sus estandartes, con esa escritura elfica tan enrevesada e hipnótica, y todos avanzando al unisonó, con un paso que, de tan acompasado que era, parecía un solo hombre repetido múltiples veces, en lugar del millar de guerreros que eran en realidad. Días después, oí a un caballero comentar que los efos nos acompañaban a la guerra en cumplimiento a un antiguo tratado firmado con los reyes humanos. Nunca antes me había sentido tan feliz por la política de los altos señores.
Durante los siguientes días estuve observando a los elfos durante los momentos de acampada. Y me di cuenta que, aunque a simple vista, los elfos parecían humanos había muchas diferencias entre ellos y nosotros. Eran ligeramente más altos que la mayoría de humanos, claro que había humanos mucho más altos que ellos. Su cabello también difería del nuestro, no sabría explicarlo, pero era como si siempre estuviera liso, sin enredos, ni apelmazado, simplemente estaba siempre perfecto. Y he de decir que no vi a ningún elfo con el pelo rizado. Pero aunque el pelo lacio era común a todos los elfos no lo eran los colores. Las tonalidades iban desde el negro más oscuro, que parecía absorber la luz misma, unos cabellos rojizos que se confundían con la armadura de su portador, y otros tonos de rojo más claro, casi como el naranja del atardecer, los castaños más puros que haya visto en mi vida y unos cabellos dorados que rivalizaban con el sol del mediodía. Sus ojos eran ligeramente más estrechos que los nuestros, y escondían una mirada intensa, enigmática, y que nunca pude mantener más de unos pocos segundos sin sentirme indigno de estar observando a un ser de tal perfección. Por supuesto también estaban sus orejas. Ligeramente puntiagudas, aunque me las había imaginado más grandes, influenciado por las historias que me contaba mi abuela.
Pero no solo era su aspecto lo que hacía de los elfos una gente extraña y cautivadora. Sus movimientos eran fluidos, precisos y nunca había un atisbo de duda en ellos. A su lado los humanos parecíamos torpes y desmañados. Su forma de combatir también era diferente. No luchaban con espada y escudo o con armas largas de dos manos como los ejércitos humanos. Ellos combatían con dos espadas cortas, ligeramente curvas y más anchas en su punta que en la unión de la hoja y el mango, o bien con una lanza corta con una punta fina. Su forma de luchar era armoniosa, fluida y letal. Cuando entrenaban parecía un baile más que un combate, hasta que uno de los dos combatientes acababa en el suelo o bien con la punta de la lanza apuntando a su cuello o corazón.
Su lenguaje también era diferente, no entendía ni una palabra, pero no me cansaba de escucharlo. Nunca he podido repetir ni una palabra de aquel idioma. No sonaba como ninguno de los idiomas humanos, era más suave, musical y agradable al oído. Una vez oyes hablar a un elfo te das cuenta de la rudeza con la que hablamos los hombres.
Los estuve observando durante días. Hasta que conseguí reunir el valor para hablar con uno de ellos. Me acerque a él con cierto temor, y siendo consciente de mi torpeza de campesino. Le llame señor elfo, no sabía su nombre, ni su rango y me pareció apropiado. El elfo se giro hacia mí, y me miro. No dijo nada, solo me miro, con esos ojos penetrantes e inquietantes. Le pregunte si me podía enseñar a luchar con la lanza como hacían ellos. Sé que me entendía, pues había visto a los elfos hablar con los caballeros. Pero este no me dijo nada. Entonces alguien me cogió de la ropa y me arrastro lejos de aquel elfo, mientras le pedía disculpas por mi estupidez. Me llevo lejos del elfo y estuvo una hora recriminando mi comportamiento. No recuerdo lo insultos, aunque seguro que eran muy imaginativos y punzantes. Pero si que recuerdo una cosa que dijo. Que los guerreros elfos eran la elite de los varones de la nobleza. Solo los mejores de entre los señores elfos y sus herederos marchaban hacia la guerra y que no hablaban con simples campesinos, el hecho de haber hablado con uno de ellos directamente ya era un insulto, y que tenia suerte de seguir vivo. No era como en los ejércitos humanos, una mezcolanza de caballeros de noble cuna, sacerdotes guerreros, mercenarios curtidos y campesinos con lanzas. En los ejércitos elfos solo estaban los mejores, aquellos que se preparaban toda la vida para la guerra. Entonces envidie a los campesinos elfos, caso de haberlos, pues ellos estarían ahora en su hogar, con su familia, ajenos al terror al cual nos dirigíamos.
En los días que quedaron de camino no volví a acercarme a un elfo. En los últimos días de viaje abandonamos las montañas y colinas y nos adentremos en las fértiles llanuras del norte. El camino fue menos duro, pero solo para el cuerpo, pues la visión de pueblos destruidos y campos calcinados, nos llenaba el alma de terror. Finalmente llegamos a una gran explanada, y nos ordenaron preparar el campamento, cosa que era extraño pues aun ano había caído el sol. Cuando un hombre de la unidad pregunto al sargento porque acampábamos tan temprano el curtido soldado nos miro, y por primera vez en su mirada no había rabia, odio o asco. Por primera vez nos miraba como un igual, de hombre a hombre, de soldado a soldado. Y con voz queda nos dijo que habíamos llegado al lugar de la batalla, que los demonios avanzaban hacia esta explanada, y que llegarían al día siguiente. Cuando el campamento estuvo montado los caballeros descansaron. No así nosotros, a las levas campesinas se les ordeno cavar zangas en lugares determinados de la vasta explanada, y llenarlas con estacas. También se nos ordeno levantar parapetos de tierra y transportar las piezas de las armas de asedio hacia el lugar donde serian colocadas. El trabajo no fue terminado hasta bien entrada la noche. Nos dijeron que fuéramos a dormir las pocas horas que teníamos. Yo intente dormir, pero me fue imposible. Y no era por el incesante martilleo de los ingenieros montando, a toda prisa, las gigantescas ballestas y catapultas. No podía dormir por la inminente batalla. El saber que al salir el sol me enfrentaría a una horda incontable de demonios, cuyo único deseo era la muerte de todos los humanos, atemorizaba mi alma más allá de cualquier otro miedo que hubiera sentido en mi vida. Pero no era el único que estaba desvelado aquella noche. Todo el campamento estaba salpicado por hogueras, y alrededor de estas hogueras los soldados. Todos hablaban en voz baja, no para evitar despertar a los pocos que dormían, si no por miedo a que sus voces acelerase la llegada de los demonios. Incluso los elfos estaban despiertos, aunque no me sonaba haberlos visto dormir en todo el viaje.
Poco antes del amanecer llegaron los jinetes de la avanzadilla, y al instante nos ordenaron que nos preparáramos y nos pusiéramos en formación. Los demonios ya estaban aquí. El sargento pasó revista, faltaban cuatro hombres. El sargento comento que había cuatro nuevos fugitivos en el reino, y que la justicia del rey daría buena cuenta de ellos. En aquel momento pensé que quizás yo debería ser el quinto, podría haber huido y permanecer escondido en los bosques. Pero rápidamente me di cuenta de que aquello no serviría de nada. Si ganábamos nosotros nunca podría volver con mi familia o seria apresado y ejecutado. Si ganaban los demonios, bueno en ese caso no habría ninguna familia con la que volver ni lugar seguro en el reino. Quedarme allí y luchar era la única opción que tenia. La única opción posible desde que llegaron los reclutadores al pueblo.
Marchamos en formación hasta la posición asignada para nuestra unidad. En el flanco izquierdo de la batalla, pero no en el extremo. Y tal como nos habíamos temido todos, en primera línea de combate. Entre nosotros y los demonios solo habría la llanura, y las puntas de nuestras lanzas. El resto del ejército se fue colocando poco a poco. Detrás nuestro se coloco un batallón de Espadas Silenciosas, y detrás de estos un grupo de arqueros. A nuestros lados había más campesinos. Éramos la parte prescindible del ejército. No lejos de nosotros divise un grupo de caballeros, que intentaban calmar a sus monturas, que sin duda habían captado el olor de los demonios. No pude ver elfos cerca, y aunque mis experiencias con los elfos no fueron buenas hubiera preferido tenerlos cerca en la batalla. Desde mi posición se podía ver la tremenda extensión del ejército, el extremo del flanco derecho del ejercito casi se perdía de vista. Nunca en la vida había visto tanta gente junta. En ese momento una punzada de miedo me hizo pensar si, aun con la gran cantidad de gente allí reunida, habría suficiente para ganar la batalla.
El sargento nos hablo, mientras mantenía la mirada fija en los bosques del otro lado de la explanada, nos dijo que en este día no éramos campesinos, que los demonios no nos verían así, que debíamos ser guerreros y que en nuestra mano estaba salir vivos de allí y volver a ver a nuestras familias.
Después vino el silencio. Nadie decía nada y solo se oía la respiración de los nerviosos caballos, el tintineo de las armaduras mientras los soldados se movían inquietos en su posición y la brisa que hacía ondear los estandartes. De repente el viento cambio de rumbo, y notemos el olor. Los primeros en notarlos fueron los caballos, que se pusieron más nerviosos y causaron problemas a sus jinetes, pero al poco todos los presentes pudieron percibirlo. Era un olor rancio, agrio y pútrido. El olor de la muerte.

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